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¿Qué le digo a mi hijo si descubro que ve porno? Consejos para padres en apuros

El Dr. Carlos Chiclana habla para El Confidencial sobre pornografía, adolescentes y educación sexual. Cada vez más, la exposición a este tipo de contenidos es más temprana, por lo que su extrema accesibilidad y su ubicuidad hacen que sacar el tema de conversación sea obligado.




Se trata de uno de los temas más espinosos durante la conocida como edad del pavo. Posiblemente, si tienes un hijo o hija con edades comprendidas entre los 11 y los 17 años, ya haya visto algún tipo de contenido pornográfico, aunque sea por accidente, presión social o por pura curiosidad. Su extrema accesibilidad y ubicuidad permiten que se cuele por las pantallas de sus teléfonos móviles sin pedir permiso, haciendo completamente inútil la medida clásica de instalar un software que les deniegue el permiso. Si no lo buscan activamente en los grandes portales web dedicados a ello, lo acabarán encontrando de forma camuflada en su feed de redes sociales o en la publicidad de sus páginas web favoritas sobre videojuegos.


Por todo ello, merece la pena incluir el porno dentro de la educación sexual, social y afectiva del joven, tanto la llevada a cabo dentro del seno familiar como la que es impartida en colegios e institutos. No conviene de ninguna forma hacer oídos sordos y esperar a que el hijo sea la excepción y no se adentre en el vasto mundo de la pornografía. "Es totalmente necesario hablar de pornografía en la educación sexual", corrobora Carlos Chiclana a El Confidencial, psiquiatra y psicólogo especializado en terapia adolescente, quien ha publicado varios estudios en torno al tema. "Al igual que enseñamos al joven normas de comportamiento y conducta en sociedad, es imprescindible que se incluya la educación sexual".


Como es lógico, ello no quiere decir que haya que mostrar a los adolescentes en crudo el material pornográfico con el objetivo de asustar o reprimir su uso. "No es necesario", asevera Chiclana. "Basta con una conversación, atender a las preguntas que puedan surgir y que salen de su curiosidad". El problema está en el estigma que rodea a su consumo; si cualquier conversación sobre sexo entre padres e hijos puede resultar engorrosa para ambas partes, cuando se estrecha el cerco hacia el porno es aún más incómodo.


Un consumo peligroso

No es para menos. A pesar de que las ideas feministas han calado en el grueso de la sociedad en los últimos años, la pornografía mainstream (por referirnos a la más consumida y la más clásica y accesible) sigue siendo uno de los bastiones de las actitudes machistas, pues como recuerda el experto, "solo uno de cada diez contenidos no está centrado en la obtención de placer del hombre a costa de la dominación a la mujer". Por ello, el consumo de pornografía durante la adolescencia no solamente es peligroso desde el punto de vista sexual o psicológico, sino también interfiere en otras muchas áreas de su personalidad, también políticas y de género.


Al final, "el porno distorsiona el modo en el que ves a las personas, debido a una hipersexualización inconsciente de las relaciones", avisa Chiclana. De ahí la importancia de llevar a cabo una educación sexual mucho antes de que llegue la temida edad del pavo, hablando al hijo de consentimiento, de qué es lo que puede y no puede hacer con su cuerpo, y en general, cómo debe comportarse con los demás para estar bien integrado en la sociedad.


"La mejor solución pasa por abordar la educación sexual desde mucho antes a que se produzca ese despertar sexual", opina Darío Bejarano, psicólogo y terapeuta, a este diario. "Con dieciséis años no tiene sentido abordar una charla sexual, tanto por parte del colegio como por los padres. Ya vamos tarde. Los tiempos han cambiado, ahora las estadísticas dicen que las primeras relaciones sexuales se están teniendo a los quince años, carece de sentido. Hay que actualizarlo. Antes podía tener sentido, ahora ya no".


Bejarano cree que tendencias sociales, como los incels y las redes de misoginia entre jóvenes, son una de las causas directas de esa falta de educación en materia de igualdad y sexualidad. Cuando sucede ese despertar sexual, tener una pareja sexoafectiva con la que explorar el cuerpo propio y ajeno resulta un indicador de estatus social sumamente relevante. Por tanto, se genera una soledad indeseada entre muchos jóvenes que en ocasiones se transforma en resentimiento por no obtener la validación sexual del género opuesto.


Precisamente, según los diversos estudios realizados en torno a los efectos psicológicos del porno en adolescentes, la soledad es una causa y consecuencia directa de esa exposición continuada a contenidos pornográficos, tanto para hombres como mujeres. "Hay una relación bidireccional: si te sientes solo, puedes recurrir a vídeos de gatitos en TikTok, pero también masturbarte y conseguir esa liberación de oxitocina y dopamina, activando el mismo sistema de recompensa que otras sustancias adictivas y bridándote una sensación de bienestar a corto plazo", asevera Chiclana. "Entonces, el porno funciona como un sustituto perfecto de las relaciones humanas, lo que también hará que te enganches cada vez más, y con ello será más difícil buscar actividades de ocio que hacer con otras personas".

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