• Carlos Chiclana

Llamado a ser padre,llamado a ser madre


El doctor Carlos Chiclana publica este artículo para la revista Palabra.

Dios ¿es masculino o es femenino? ¿Es madre o es padre? Lo ideal sería que un sacerdote sea madre y sea padre: madre buena y padre bueno, madre presente y padre presente, madre espontánea y padre espontáneo.

Una de las etapas de maduración de cualquier persona es dejar de ser hijo para pasar a ser padre. Dejar de “ser llevado” para llevarse a sí mismo y a otros. La vivencia de paternidad-maternidad permite a un sacerdote tener la medida adecuada de expresión afectiva con cualquier persona. Es interesante dejar de ser hijo o hermano mayor y pasar a ser padre-madre.

La espontaneidad propia de un padre-madre permite que el amor por las personas que sale de mi sea verdadero, natural y coherente con la verdad de mi persona. Una madre y un padre no se avergüenzan de querer, se dan con volumen adecuado para respetar el desarrollo de sus hijos, no los abandonan ni los sobreprotegen, promueven su bien.

Sería muy natural y esperable que un sacerdote tenga deseos de tener hijos. ¿De qué está hablando este deseo? Lo puedo vivir en verdad o sublimar espiritualmente; esto segundo no sería del todo sano. Me puedo entregar como sacerdote madre-padre, o ser un sacerdote funcionario. En este escenario de la paternidad/maternidad espiritual se pueden incluir todos los aspectos psicológicos de la maternidad y la paternidad, a las que los mamíferos llegan a través de un acto sexual genital y a las que un sacerdote pueden llegar por un acto espiritual de amor erótico/ágape/filia, que incluye la donación, la esponsalidad, la recepción de un don, etc.

Una madre no tiene relaciones sexuales con sus hijos. Un padre no tiene relaciones sexuales con sus hijos. El apegamiento, la indiscreción o un trato emocional incompatible con el modelo de relación paterno-filial sería un abuso incestuoso. La maternidad y la paternidad espiritual no activan la genitalidad y sí incluyen la sensorialidad de la dimensión sexual, que el sacerdote, como ser sexuado, integra y se alimenta de ella. En esa dinámica relacional salen fortalecidas la sensibilidad, la intuición, la inteligencia y conocimientos de lo que acontece en aquella alma y por tanto aumenta la capacidad de ser-vir, de ser varón servicial, como las madres y padres auténticos, y de acompañar sin inmiscuirse en ese cuerpo ni en esa alma, sin necesidad de depositarse en él.

Alguien es madre/padre porque da la vida, no porque haga cosas. Una madre/padre no se acostumbra. Por eso cada acto del sacerdote puede ser expresión de una novedad encarnada en la permanente identidad con Cristo, que he aquí que viene y hace nuevas todas las cosas. Un sacerdote, como Cristo, podrá realizar cada gesto, con el amor y atención de una madre, con el amor y atención de un padre.

Allá donde le toque hacer hogar-Iglesia, allá donde construya la domus Ecclesiae, la voz de las cosas, de los gestos, de los rituales, de los colores y de los olores, los detalles, el ritmo del tiempo litúrgico, la melodía de la música, los cambios del ciclo de la vida al tiempo de los nacimientos y de los fallecimientos… cualquier pequeño detalle le servirá para hacer la casa, para ser “ama de tu casa”, para “amar en la casa”, para que en la casa se sientan amados. Los hijos buscan cariño y amor. Las personas quieren ser comprendidas, aceptadas incondicionalmente, anhelan que se promocione su libertad, quieren ser limpiados por su madre como cuando eran niños, desean ser alimentados como cuando eran niños. En la Iglesia, y a través del sacerdote-madre-hogar tienen un lugar al que siempre volver. Un lugar al que regresar a recibir la leche materna, a ser enseñados, vestidos y revestidos, acompañados y bendecidos.

Quizá muchos días el trabajo te parezca deslucido, como el de la madre que decide quedarse donde está y no abandonar el hogar en manos de otra. Entonces ocurrirá ese acontecimiento que sólo los esposos conocen en su intimidad y se desarrolla la dimensión personal de la esponsalidad, carente de utilidad y reconocimiento una vez sobrepasada la frontera de la familia. Bien saben, sin embargo, los habitantes de aquel hogar, los moradores de esa familia, que esa esponsalidad sin brillo público es el cimiento de esa casa.

Un padre es sensible a las necesidades de sus hijos. Necesitará buscar el equilibrio entre patriarcado y matriarcado, entre la masculinidad y feminidad, entre varón y mujer. Como sacerdote requiere que desarrolle una particular sensibilidad doméstica. Disposición constante y universal para engendrar al hombre. Acoger hacia adentro y engendrar hacia afuera. Prohijar en el corazón. La presencia del sacerdote es testimonio en el mundo de la auténtica esponsalidad y servirá de referencia a muchos esposos. Porque mostrará un celibato real que tiene unas características muy humanas y muy divinas, como Jesucristo hombre y Dios. Su vida será algo que se pueda entender, alegre y victorioso, lleno de amor y de amores.

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