• Salvájemente libres

Creencias que hacen daño


Este espacio está dedicado a ofrecer testimonios de mujeres que se han liberado de distintas violencias que se ejercían contra ellas: psicológicas, físicas, sexuales,laborales, institucionales, sociales, etc. Estas mujeres, acudieron a nuestra consulta en necesidad de ayuda para caminar hacia delante y cambiar de actitud frente a la vida. Tal como afirma el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en la última acepción de salvaje, ellas viven ahora con una actitud “que no está controlada o dominada”. Libres.

María. 29 años. Madrid.

Como un niño que llama la atención. Si la llama es porque la necesita, porque necesita más de la que se le da, no seamos idiotas. Elijamos un buen momento, no ese de rabieta, pero si un buen momento para satisfacer lo que pide. Él prefiere el caso que se le hace, aunque sea con un grito o una bronca, a la ignorancia. El niño que no tiene en orden sus necesidades reclama la atención porque la necesita, aunque sea mediante una regañina. Quizá eso me pasaba a mí y me enganché.

En mi caso llegué a confundir maltrato con un acto de amor. Una mujer que no es capaz de distinguir a la legua el maltrato lo puede llegar a confundir. Quizá, como en mi caso, por haber tenido una infancia concreta que sentó bases desordenadas. Una mujer así es una mujer que sufre. Sufre porque cree que tiene que ser la madre Teresa de Calcuta con todos, incluida la pareja. Y eso no es cierto, y menos aún con la pareja. Ella no tiene vocación de Hermana de la Caridad. Sufre porque cree que es ella la única que sabe lo que él ha sufrido y cree que sólo ella puede salvarle de ese sufrimiento, y por lo tanto actúa en consecuencia. Y eso no es cierto, porque ella no tiene la misión de ser su salvadora.

Sufre porque cree que ella todo lo comprende y perdona y que eso es bueno para ella y para la pareja. Ella cree que “no es maltrato porque le comprendo”, porque “soy como una madre amorosa que todo lo comprende y todo lo perdona”. Y eso no es cierto porque la relación de pareja es de tú a tú.

Sufre porque cree que es ella la que cambiará los defectos de él y sacará de él su mejor versión, y nadie más que ella le sabrá comprender y hacer feliz. Y eso no es cierto porque es él quien debe hacerse responsable de sí mismo, de su cambio y de su mejora. Sufre porque cree que la pareja le tiene que llenar en plenitud absoluta. Y eso no es cierto porque la responsabilidad de ser feliz es de una misma y a lo más profundo del corazón sólo llega Dios y una misma.

Sufre porque cree que el amor es sólo cuestión de esforzarse en amar. Y eso no es cierto porque lo sano es enamorarse primero de alguien que te quiera de verdad, tener ilusión por embarcarse con alguien con quien disfrutar de la vida de la mano, a la misma altura; de alguien con quien tener amor correspondido y crear conjuntamente un hogar donde habitar y coger fuerzas.

Ella sufre porque creía que estaba condenada a cumplir un papel impuesto de escaladora del Himalaya. Y eso no es cierto, porque la pareja y el matrimonio se construye con la pasión para disfrutar del ascenso al cumbre; con el compromiso para ser fuerte y seguir adelante, aunque haga frío y nieve, con lealtad a lo acordado y con humildad si hay que ponerse el oxígeno y descansar de vez en cuando; y para disfrutar de la intimidad personal, afectiva, física y emocional, que el silencio de la montaña nevada compartida proporciona si aprendes a vivirlo.

Lo que menos duele son los golpes y el maltrato físico. Lo segundo que duele son los gritos y el maltrato psicológico. Lo que duele en primer lugar es la ignorancia, el acto de ignorar y la consecuencia de sentirse ignorada. Es el hecho de dar la espalda a un corazón en la mano que se expone en bandeja con una carta de amor en la que redacta su intimidad más profunda y ruega la oportunidad de hacerle feliz. Ruega la oportunidad de que se deje querer por ella, y no recibe respuesta alguna.

Carlos, cuando te hablaba de lo mucho que me habéis ayudado es que con todo lo que me habéis enseñado ahora sé distinguir en los matrimonios de alrededor de mi quién hace realmente pareja. Se adoran, se aman, se perdonan, ceden, aprenden y viven la vida de la mano, en reciprocidad sana, sin luchas de poder y sin misiones de salvamento.

Mi duda y sufrimiento viene por el hecho de pensar “¿y quién soy yo para merecer eso? ¿Quién me garantiza que lo voy a tener? ¿No me compensará agarrarmea un clavo ardiendo, aunque me suponga un estrés que me produce hasta caída de pelo? ¿Pero no ves cómo me ama, aunque me falte al respeto?”

He decidido ser feliz conmigo misma y cara a Dios. Independientemente feliz. Tengo mucho, empezando por un trabajo nuevo y fijo que me chifla y me llena. Si viene alguien -que ahora por primera vez no me urge- será una sobreabundancia de bien y no una necesidad. Ahora, bien pegadita a Dios, tengo claro lo que es bueno y lo voy a luchar y proteger, pero sobre todo a disfrutar como una leona del Serengueti. Muchas gracias por vuestra ayuda a ser salvajemente libre.

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